Morelia es una ciudad que durante las últimas tres décadas ha ido evolucionando a pasos mayúsculos. No solo en infraestructura, se ha deformado su paisaje colonial, además sus costumbres han pasado de ser netamente “morelianas y conservadoras” a populares. Es el caso de los altares que a lo largo del año tienen más tradición como el de “La Virgen de los Dolores” o el bien conocido “Nacimiento de Jesús”. Hasta lo que ahora se ha llegado a montar en las plazas públicas como “el altar de Día de Muertos”, que no nació en la ciudad y que no corresponde en origen a los capitalinos exactamente.

Para conocer más sobre esta costumbre y/o ritual, en entrevista para Morelia Patrimonio de la Humanidad, el historiador Juan José Tapia Ávila, explicó tres modelos de altares muy emblemáticos que han colocado los morelianos.

Los Altares de Día de Muertos que no son originales de Morelia y de los cuales existen personas que no asimilan su entrada en las tradiciones de la ciudad o por lo menos no como ahora se conocen con las flores de cempasúchil. Se introdujeron hace poco menos de tres décadas en la ciudad.

Es de todos sabido que la gente que habitó en Morelia durante los siglos recientes, era personajes ilustres, sus raíces ibéricas y criollas los llevaron al mundo de las letras y una forma muy particular de ser.  Al respecto Juan J. Tapia, señaló: “Los textos que he leído oportunos con las costumbres de mediados del siglo XX dictan que años atrás han vivido en la Ciudad de las Canteras Rosas personajes que exaltan al Morelia culto, bien educado. Ciudad de los españoles. Al parecer esto se debió mucho a la separación entre Pátzcuaro y Morelia. Esa distancia con el pleito de obispado lleva a ambas ciudades coloniales a una fractura centenaria, que pone a Morelia en contra de las pertenencias indígenas, al parecer desde ahí inician las enormes diferencias como los techos catalanes y en Pátzcuaro de tres o dos aguas”.  Del mismo modo la separación con los rituales indígenas.

Los altares de muertos tratan de rescatar la parte íntima de la cosmovisión indígena y si algo tuvo el moreliano católico es que no era gustoso de salir y expresar sus sentimientos. Todo era hacia el interior de las casas. Honrar a los muertos era algo muy conservador que no permitió que hubiera gente de fuera, en todos los estratos sociales.

Con la globalización y la película de Maclovia, (1948, Fernández, el indio), donde participa María Felix, se da un boom en el que “la tradición del Altar de Día de muertos que era algo muy íntimo con el ser fallecido entre los nativos purépechas en la región lacustre de Pátzcuaro, ahora se ha perdido. Ya  es fiesta y calaveras grandotas”, -refirió Tapia Ávila.

Los morelianos y la manera de representar la noche de muertos, se adoptó ciertamente de criterios mestizos.En los pocos altares morelianos de antaño usaban una mesa, un buen mantel blanco bordado o tejido o deshilado, con un vaso de agua, una veladora, sal y flor de gladiola y nube, alguna foto y los santos a los que era devoto el difunto. Esto acontecía a mediados del siglo pasado, en determinados lugares de la ciudad, pues había espacios donde esto ni siquiera se usaba”.

Lo que sí se hacía era que el día 2 de noviembre se acudía a misa, por el Día de Fieles difuntos, después iban al panteón a llevar gladiolas y nubes o pompones. “No había cempasúchil, ni flor morada. Esas flores no se permitían en las tumbas. La gente rezaba el rosario”, – afirmó el estudioso y creativo de distintos altares.

Un dato curioso es que “las calaveritas de dulce, tradicionales de los altares de muertos, no se usaban en Morelia, pero si se elaboraban aquí y la gente de los pueblos vecinos, quienes si ponían altares venía a comprarlas”.

 Los Altares de la Virgen de los Dolores

Por lo menos los estudios alcanzan a documentar este hecho desde el siglo XVII. Llegada a Valladolid como una tradición española el Altar de la virgen de Dolores es un distractor para la Virgen que está en el proceso de sufrimiento por la muerte de su hijo, (existe un pasaje bíblico del santo Evangelio según san Lucas 2, 33-35 que recita como a María la atravesarán espadas de dolor),  de ahí se va a sacar la iconografía, las representaciones de los dolores de la virgen que está muchas veces suplicante mirando al cielo.

Hay por lo menos tres representaciones de María para la Semana Santa, primero es la Virgen de los Dolores, la cual se caracteriza la mayoría de la veces por tener la mirada hacia el cielo en súplica y varias alegorías a la pasión de Cristo, la espada o siete espadas clavadas en su pecho o en un corazón  es el elemento principal, La Virgen de la Soledad es la representación de María de luto, con la mirada abajo y una triste resignación, y por último la Piedad con ella sentada y su hijo muerto en sus piernas recién bajado de la cruz.

Los altares a la Virgen de los Dolores se usaron en la región Centro Sur de México cada estado con su estilo. En el caso de Morelia el altar se ponía en la parte más íntima de la casa, en la recamara, por ejemplo. Todo el mundo tenía una virgen que sacaban del nicho o del capelo y que colocaban en una mesa para hacer el altar con las cosas que se tuvieran en casa. Los candelabros, las begoñas (camelinas), frutas, escancias, adornos brillosos, etc.

“El sentido del altar es consolar a la virgen en su proceso que va a vivir. El altar se coloca un viernes antes de iniciar la Semana Santo. El cómo se le consuela es de la manera más solemne con hierbas de olor laurel, manzanilla, mastranto, hierbas aromáticas que la distraigan por su aroma que desprenden. Lo que buscaban hacer era que la imagen en madera, cera, piedra o de lo que estuviera hecha tuviera un halito de vida, por eso las flores, los aromas, las velas para que se distraiga con la luz. Algo que no está aún muy bien definido son las esferas de cristal o vidrio soplado azogadas; esas esferas llegan probablemente con la NAO de China y Filipinas y eran un objeto muy valorado. Se busca distraer a la Virgen por medio de sus cinco sentidos. Los colores con los que vestían o adornaban a la Virgen son morados, rosa fuerte, lila y blanco”.

En los altares de la Virgen de Dolores había muchos elementos icónicos como naranjas agrias, que antes se doraban con hoja de oro, se colocaban en un platito, donde se encajaban siete banderillas con papel picado porque representan la amargura que viviría y, en la punta de cada banderilla el adorno del papel picado que es el ornamento de tratar de evitarle ese dolor. En otras regiones se pone chile seco, semillas, frutas, betabel, etc.

Otro símbolo importante era el trigo germinado pues como reza la canción “Si el trigo no muere solo quedará, pero si muere en abundancia dará, un fruto eterno que no morirá”.  Se ponía el trigo en latas o macetas, con tierra se regaban, pero se colocaban en un lugar obscuro para que no les entrara luz, de tal manera que cuando llegaba la fecha de poner el altar las plantas ya tenían una altura de unos 15 centímetros y su color era amarillo, ya que desde la visión religiosa no existe posibilidad de esperanza sin la vitalidad de Dios, representado en la luz del sol.

Una vez puesto el Altar a la Dolorosa la gente acostumbraba rezar un rosario con la familia. El viernes de dolores se invitaba a los vecinos a consolar a la virgen. “La cosa era tan maravillosa, que se ponían los pájaros a un lado del altar: canarios, cenzontles, algún jilguero, clarín gorriones y era una manera de distraer a la Virgen. Otros contrataban una comparsa o música tranquila.  Al llegar la gente a las casas, se abrían las puertas y ellos decían –Disculpe aquí lloró la virgen, entonces pasaban a ver el altar y el anfitrión daba aguza que podía ser agua con chia que significa las lágrimas de la virgen; de horchata, que era la leche materna de la virgen y quienes invertían más daban agua de Obispo, que es la de betabel o agua de ensalada como el color de la sangre derramada en el misterio de la crucifixión”. Algo importante es que después del viernes Santo se cambiaban las vestiduras de la virgen de morado a negro para que permaneciera de luto.

A finales del siglo XIX y principios del XX la fiesta llegó a alargarse tanto el Viernes Santo entre la música y los distractores para la Virgen que los sacerdotes terminaron por prohibir los altares a la virgen de Dolores en sus casas, porque se estaban saliendo de control. “Entonces a la última a quién le hacían caso era a la virgen y seguían de fiesta. Así fue considerado una profanación”.

Años más tarde se continúan poniendo los altares. Lo que antes fue algo muy popular  ahora es algo más pequeño e incluso casi olvidado.

Los Nacimientos

Los nacimientos tienen su origen con San Francisco de Asís, hacia el siglo XII, con las representaciones que él hacía. Cuando llega el descubrimiento de América, siglos después, con los castellanos y las migraciones, entonces se introduce la manera de representar el nacimiento de Cristo por medio de las obras teatrales, de las pinturas murales, de la palabra que narran la historia de cómo llega Jesús al mudo en un pesebre hasta el modo de hacerlo a través de figuras en forma de altares. Esta historia bonita se transforma en una tradición para el mexicano. Desde quebrar la piñata que representa los siete pecados capitales. Así de manera semejante se construye el México naciente de las tradiciones que pasan desde el virreinato al México independiente.

En el siglo XVI llegó a Michoacán la órden de los franciscanos, y con ellos su manera didáctica de enseñar al indígena por medio de las obras teatrales. Es posible que las representaciones del nacimiento de Cristo sea una de las primeras enseñanzas de los hijos de San Francisco, pues en el Museo de Arte colonial existen Tres Reyes Magos en pasta de caña de dicho siglo que bien pudieron servir como elementos complementarios de un nacimiento. La elaboración de esculturas católicas en pasta de caña fue una técnica indígena, española y mestiza que se trabajó principalmente en los talleres de Pátzcuaro. Con el paso del tiempo llegaron algunas otras obras religiosas, como las esculturas de Santos y vírgenes tallados en Marfil procedentes de las colonias españolas en Asia. El estofado en oro enriqueció cada obra de arte”, -expuso Tapia Ávila.

El Obispado de Michoacán desde sus inicios tuvo grandes talleres de escultura en pasta de caña, y este Obispado se hace famoso por sus imágenes dentro del virreinato, mandarlas a la metrópoli española o incluso fuera de sus límites, gracias a talentosos artistas como Luis y Matías de la Cerda.

“Yo nunca he pensado que hubiera una conquista. Aquí los castellanos traen una idea bien construida del cristianismo, pero el indígena le manda su propio Dios con su maíz, obsidiana, dientes, costillas en otra pasta y es un sincretismo maravilloso. Hubo una transculturización. Las primeras imágenes de la virgen de Zapopan, San Juan de los Lagos, de la Salud, del Pueblito están hechas en pasta de caña y hoy son las más milagrosa”. Es en el nacimiento tradicional y en los altares que se puede observar un mestizaje muy rico al colocar a pastores que llevan vestimenta de indígenas y no de árabes o islamitas, por ejemplo. 

La fecha para colocar el nacimiento, según dicta la costumbre es ponerlo unos días antes del16 de diciembre, fecha en que inician la posada. Actualmente hay nacimientos de muchos materiales desde la hoja de maíz, las figuras en cera, la cerámica, el barro, el mármol, etc. “Los altares son algo hermoso, mantienen elementos combinados con los sentimental y que hacen alusión a lo que representan”.

Juan José Tapia Ávila, (1989) es el más joven de los miembros de la Asociación Civil Morelia Patrimonio de la Humanidad, desde muy temprana edad se relacionó en amistad con la Dra. Ofelia Medrano quien sintió un cariño muy especial por el pequeño Juan José.

Poco a poco el joven Tapia Ávila se fue instruyendo con la doctora Ofelia y su esposo el antropólogo Javier. Recuerda que cuando salió el libro de “Mi ciudad y yo”, autoría de la Dra. Esperanza Ramírez, se lo entregaron como un obsequio que marcó su vida.

Con la doctora Ofelia; Juan José Tapia, se inicia en poner los primeros altares del Nacimiento y desde entonces su relación con ellos se volvió algo mágico.

Al transcurrir de los tiempos, siendo Tapia Ávila un estudiante de la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, conoció el trabajo de investigación de la Dra.  Esperanza Ramírez a quien admira. Cuando se hacían charlas en el Café del Olmo para hablar de Morelia, Juan José asiste y desde entonces logra una relación más cercana con el Patronato de Morelia Patrimonio de la Humanidad.

Se confiesa amante de Morelia. Agradece el gusto por el mestizaje y las aportaciones que han tenido las culturas, pero reciente el que no haya una educación más empática con la ciudad su paisano su arquitectura y su historia.

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